
Una joven profesional, perdió desgraciadamente a su niño de dos años en un terrible accidente. Se había escapado de la vigilancia de su madre y salio a la calle cuando la puerta había quedado abierta. Así, fue atropellado por u carro que no advirtió su presencia.
Su mente no podía comprender ese castigo de Dios. Estuvo durante meses con ataques de angustia, y nada podía recomponer su vida.
Las palabras de su esposo y de sus amigos, las de los familiares más íntimos, no sirvieron de nada.
Ni siquiera se sintió mejor cuando oyó hablar de la reencarnacion y de la posibilidad de que su pequeño pudiera volver a la vida terrenal, quizás después de muchos años o a miles de kilómetros, pero compensando su sufrimiento y su corta existencia con otra vida plena de felicidad.
Dos años después, volvió a quedar embarazada, pero los fantasmas del niño que había muerto la seguían torturando.
También nació varón, e increíblemente, tenía las mismas facciones y las mismas características físicas que el primer niño. La ligera ictericia, por la que debía exponerse al sol un par de horas al día, y la mancha roja en una de sus piernitas eran señales idénticas a las que había tenido su hermano cuando nació.
Las leyes de la genética son impredecibles y asombrosas, pero había algo dentro de esa mama, que le decía que había algo más. Siguieron apareciendo otras coincidencias, casuales o no: la manera de caminar a gatas, los primeros balbuceos, la sonrisa de costado. Pero hubo algo que sorprendió a todo el mundo, algo que excedía a la genética.
La abuela del niño, luego de que el terrible accidente sucediera juntó todos los juguetes del niño y los separo de la vista de su hija, para que no sufriera aún más, al verlos. También se dedico a ocultar la ropa y las fotos.
Cuando nació el nuevo niño, tuvo su propia cuna, su propia ropa, sus propios juguetes. Por supuesto, también le dieron su propio nombre, porque era una nueva vida.
Los temores, transformados en una profunda angustia, volvieron a aparecer en la joven madre cuando su nuevo niño cumplió los dos años. Extremo los cuidados de tal modo que la seguridad del niño se había vuelto una completa obsesión.
Esto se hacia cada vez mas difícil, ya que el pequeño era muy activo y travieso. Estaba permanentemente tratando de escapare de la vigilancia de su madre y siempre en dirección a la puerta.
Claro que ahora, estaba siempre trancada bajo doble llave.
Había algo llamativo en su comportamiento, ya que cada vez que salía a la calle, estrictamente vigilado por algún mayor, al oír el sonido del motor de los automóviles, se ponía a llorar desconsoladamente y trataba de esconderse.
En uno de estos arranques de llanto, su madre trato de calmarlo, prometiéndole que, si se calmaba, le compraría un nuevo juguete.
El niño, que hablaba casi a la perfección, le contesto: "no quiero juguetes nuevos. Quiero los míos"
"Muy bien-contesto su madre-, te daré uno de tus juguetes"
Pero, para su sorpresa, cuando le ofreció sus juguetes, algunos desparramados por la habitación, el niño, sacudió la cabeza, con un gesto de capricho: "No. Quiero mis juguetes. Los que están en la caja"
Ella sintió un escalofrió que le recorrió la espalda.
"¿A que caja te referís?, le pregunto.
La respuesta no fue meno sorprendente: "La caja con mis juguetes que escondió la abuela"
La abuela se hizo presente y, al escuchar esto y ante la perplejidad de su hija, le pregunto a su nieto: "¿Puedes recordar que juguetes había en esa caja?"
Entonces, el niño comenzó a enumerar, con seguridad, el oso peluche, el conejo blanco, el auto rojo, el bacón de motitas que usaba en la playa.
La abuela fue a buscar aquella caja, que había escondido celosamente durante dos años y la abrió ante su nieto.
El niño comenzó a sacar los juguetes uno por uno.
Acaricio su peluche, tironeo de las orejas a su conejo y pateo fuerte, lo mas fuerte que pudo su pelota. Pero cuando tomo aquel auto rojo, impecable y brillante, lo arrojo contra el suelo, gritando que el había hecho daño y que no lo quería mas.
Según la explicación de los ocultistas, la carta natal del primer niño indicaba que no tendría mucha vida. Aparentemente, se había "apresurado" a nacer, es decir que había nacido antes de tiempo.
Cuando volvió a nacer, dos años después, su carta natal fue distinta.